lunes, 19 de marzo de 2012

Narcoprensa, al servicio del narco?


Del Twitter al Blog
Censura, voceros o colaboradores?
El periodismo en Tamaulipas, la otra cara
La constante en los últimos dos años: ningún medio local en
Tamaulipas da la nota después de eventos de violencia (balaceras, secuestros, levantones, ejecuciones) las noticias se refieren a sucesos banales y hechos en otros puntos del país.
Notas periodísticas relatan el tema
Los periodistas piden protección, organizaciones internacionales levantan la voz, hay cifras y nombres de periodistas desaparecidos o ejecutados y otra verdad poco contada: algunos de ellos si estan involucrados con el narco, sirven a uno u otro cartel, son los ojos del narco en las redacciones, identifican notas incomodas, recopilan información, vetan o promueven notas según los intereses del grupo.


Caso Amancio Cantu

anonimo
algo de unos periodistas que levantaron en reyno ...en 2010 tengo informacion..


Yo conoci a amancio cantu el de la prensa de reynosa

A todos Los que se llevaron fue porque andavan dando informacion a Los zzz de Como esta a el pedo en ese entonces....

De hecho al amancio le avisaron que se se lo iban a quebrar ....y se fue para Acapulco ...lo buscaron y se lo trajeron de aya

todos eran zzz pero cuando eran un solo equipo..

de hecho mataron a el hermano del cacho asi le decian a amancio..para sacarle la sopa..

en ese tiempo de ruptura nadie podia tener vinculo ninguno con Los zs.

Este cuate tenia un deposito en la salida a san fernando...ahi era tipo su base ..en ese lugar se reunian..

los otros se unieron al cdg el vato que dicen que tenia tatuaje de flamas en el cuello.. Me parece anda con el 4 en este tiempo...

En ciudades violentas como Monterrey, Torreon, Chihuahua y Juarez entre otras, el periodismo sigue con su labor cual es la diferencia siendo ciudades iguales o mas violentas que las de Tamaulipas?

Nuevo Laredo

http://www.hoylaredo.net y http://www.rubiosnews.com los voceros mas visibles del narco al servicio de los zetas, en diversas ocasiones han sido usados para amenazar a usuarios de redes.

Pareja amanecen colgados en puente de Nuevo Laredo

la ultima nota se usa para amenazar al hoy detenido Antonio Peña Arguelles, los zetas le mandan mensaje ejecutando a su hermano, el medio ideal para hacerlo llegar, sabiendo que medios en el mundo retomaran la nota nuevamente.


Reacomodos en nuevo Laredo


Reynosa

mensaje a R1 cae quemador

A esto se suma la opacidad de gobiernos y su interés por que no trasciendan los hechos violentos





Periodistas a modo caso: @jonathanhdz 








Rubio's News portavoz de Los Zetas

Los Zetas lo despedazan y dejan narcomensaje
Rubio's News y la prensa local solo difunde los mensajes de este grupo delictivo,  ya que cuando son del grupo contrario no lo publica 
 Mutilado, decapitado y con un mensaje de amenaza  fue localizado el cuerpo de un hombre al cual dejaron la madrugada del lunes al frente del Monumento a la Madre ubicado en el transitado crucero de las avenidas Reforma y Paseo Colón en Nuevo Laredo, Tamaulipas.
Junto al desmembrado cuerpo estaba colgada una manta de advertencia la cual textualmente señala:
“Esto les va pasar a todos los pendejos que se enguilan… Nuevo Laredo es de neolaredenses, putos, aki se pelan la verga. Atte Los Zetas
Pd..Esto va para ti: Mario, Gaby, Wero, Laredo, Sam, Panchio, Picapiedras, Pelon, Tajin, Michoakano, Calaka y Pinky.
Ahí les dejamos a su carnal Llorón
“El Huelerico” Atte Los “Z”
Los Dueños de Laredo.
Con golpes y huellas de tortura en varias partes de su cuerpo se encontraba el hombre de unos 20 años de edad y vestido con un pantalón negro y calcetines grises,  y a quien le mutilaron brazos, piernas y lo decapitaron.
Al tronco del cuerpo del hombre se le notaban severos golpes, al igual que en el pecho.
En unos de los brazos, el hombre tenía una esposa y ambas piernas estaban amarradas con cinta color plata y un mecate de plástico.
El cuerpo del desafortunado joven de entre 20 y 25 años de edad, solo vestía un pantalón negro y unos calcetines grises 
El hallazgo del cuerpo fue aproximadamente a la una de la mañana, en el crucero de Paseo Colon y Reforma, donde las personas que pasaban por el lugar se horrorizaron con el panorama ya que el cuerpo fue abandonado donde era demasiado visible. 


Semanario - Periódico Vanguardia


Las heridas abiertas de Torreón


¿Cómo continuar después de que tu niño de 13 años murió por una bala perdida? ¿Cómo sigues de pie luego de perder al padre del bebé que esperas? ¿Cómo te explicas que tu esposo murió porque pintaba una barda en el lugar y tiempo equivocados? Se calcula que cuatro de cada diez muertos por violencia en La Laguna son inocentes. Aquí los los daños colaterales de esta guerra. 

Torreón. Los ministeriales encontraron a Diego Ibarra Sánchez, de 24 años, encima de su padre Ernesto Ibarra de Santiago, de 54 años. El cuatro de septiembre de 2011 los envolvió una balacera mientras ambos pintaban una barda de una gasolinería, a unos 500 metros del Territorio Santos Modelo de Torreón.

Un comando a bordo de tres vehículos emboscó a una patrulla de la policía municipal que transitaba por el lugar. Una bala dio en el cuerpo de Ernesto. Entonces Diego corrió cuando miró a su padre caer y lo abrazó para cubrirlo; como escudo humano recibió otros impactos. Así murieron padre y primogénito. En el lugar también fallecieron tres policías y un presunto ladrón que minutos antes habían detenido los oficiales.
El suceso fue nota nacional por el lugar del enfrentamiento, no porque murieron Ernesto y Diego. El 20 de agosto una balacera al exterior del estadio de futbol había provocado la cancelación de un juego entre los equipos Santos y Morelia, además de haber desatado una ola de pánico entre los aficionados presentes. Seis días después de la muerte de Ernesto y Diego se reanudarían las actividades de futbol.

Al día siguiente, mientras los medios locales y nacionales, así como la sociedad se preocupaba por la seguridad del próximo partido en el estadio, en el ejido Santa Ana del Pilar de Matamoros, Coahuila, un rancho entero velaba a Ernesto y Diego. Las notas aseguraban que ambos eran pintores por lo que estaban haciendo esa tarde de domingo. Pero no, era un trabajo extra. Ernesto, el padre, era tapicero y soñaba con sacar adelante a sus tres hijos (Diego, Ernesto y Daniel); Diego era técnico en mantenimiento y soñaba con ser ingeniero y trabajar para la Comisión Federal de Electricidad.

Víctimas inocentes 
Ernesto Ibarra de Santiago era un hombre de pocas palabras; tan trabajador que su cara asemejaba la de un hombre de más de 65 años, con cabellera y bigote nevado. Tan trabajador que desde los 13 años le daba a la talacha porque nunca tuvo nada y no quería lo mismo para los hijos que alguna vez iría a tener.

Llevaba 24 años casado con Magdalena Sánchez. Se conocieron en el ejido Santa Ana del Pilar, de Matamoros, un rancho incrustado a más de 300 metros sobre la carretera a San Pedro, Coahuila, a unos 15 minutos del estadio Corona, al norte de la ciudad de Torreón. Un ejido donde todos sus vecinos se conocen y el sol nunca falla.

Magdalena, la esposa y madre, me abre la puerta de su casa y arruga los ojos, como si la luz del sol la despertara. Viste pantalonera y blusa holgada. Su casa es amplia. La sala está adornada con retratos grandes de una familia que ya está incompleta. Al fondo un patio terroso donde habitan cuatro perros que ya no ladran desde que dejaron de escuchar los silbidos de Ernesto. Su último chillido fue el día que murió su dueño. La abuela de Magdalena duerme en un sofá, justo uno que está debajo de dos retratos: uno donde aparecen los cinco integrantes de la familia y otro de la boda de Diego. Desde aquí Magdalena describe a los seres queridos que le arrebataron.

A Ernesto le gustaba el futbol. Él y su esposa iban juntos a todos lados, como siameses. Gustaban de ir a la verdura (mandado) los sábados y de vender ropa de fayuca en otros ranchos los domingos. 
Cuando regresaba de trabajar, su esposa Magdalena, 50 años, lo esperaba en un sillón cerca de la puerta, el mismo donde ahora está sentada frente a mí. Le decía “fiera” porque era enojona. La señora se cubre la cara con las dos manos y un temblor invade sus mejillas. Se niega a creerlo: “No tenían porque irse todavía. Me hacen mucha falta”, lanza apenas nos sentamos.
Esa noche, la de la tragedia, los esperó en el mismo sillón. Por la tarde, vecinos llegaban con Magdalena y le preguntaban que si su esposo e hijo ya habían regresado. “Es que hay una balacera por allá”, le contaban. Magdalena empezó a marcar a los celulares y ninguno contestaba. Guadalupe, su nuera, hacía lo mismo. Magdalena se empezó a sentir mal. Su hijo Ernesto fue hasta el lugar de la balacera pero no lo dejaron pasar. Preguntó por su hermano y su papá, pero un policía le dijo que ya se los habían llevado. Nunca le confesó que ya estaban muertos. Regresó al ejido y le contó a su mamá. Magdalena se empezó a sentir mal. “Sentía que el corazón se me detenía”, me narra mirando al suelo. No se acuerda de nada. La llevaron al hospital y cuando regresó ya estaba reunida toda su familia, todos los vecinos. Su esposo y su hijo no regresaron.

Los daños colaterales 
Diego tenía cinco meses de casado con Guadalupe, de 20 años y con un niño en la barriga a punto de pisar el mundo. Tenía dos años trabajando para una constructora como encargado de mantenimiento de las obras. De la prepa salió con mención honorífica y en enero iba a entrar al Instituto Tecnológico de la Laguna para estudiar la carrera de ingeniero eléctrico. La empresa lo iba a apoyar.

Era enjuto y espigado. Con ojos pequeños. Le gustaba la música de Ricardo Arjona y Avril Lavrigne y por las noches soñaba con tapar goles como Miguel Calero, el que fuera portero de Pachuca. Disfrutaba su trabajo.

Su mamá me cuenta que siempre fue muy cariñoso y unido a su padre. De joven no era de los que pedían dinero para salir con sus amigos y en cambio renegaba si sus hermanos menores, Ernesto y Daniel, lo hacían. No dudaba en saludar a su papá de beso en la mejilla.

Su hija ya no pudo hacer lo mismo. Cuando estaban velando los cuerpos, Guadalupe se acercó al de su marido y le dijo: “Ya me voy a dar a luz. Mañana te traigo a la bebé”. A las tres de la mañana del martes seis de septiembre (poco más de 48 horas después de la muerte) nació Romina. En la mañana la dieron de alta y llegó hasta la misa con la niña. “Aquí está la bebé”, le habló a Diego encerrado en el ataúd. De ahí al entierro.

Es casi la una de la tarde en este rancho. De tanto calor parece que brotara vapor de las paredes. En eso entra el hijo menor, Daniel, y camina frente a nosotros. Carga una cruz metálica al hombro. “Le voy a hacer una cruz a mi hermano y si me gusta, le hago una a papá”, le había comentado días atrás a su madre. “Yo a Danielito lo veo con mucho coraje, mucha rabia hacia la gente. Anda muy corajudo”, me asegura Magdalena.

Ella en cambio, me cuenta, busca respuestas sobre la muerte de su esposo y su hijo pero un cura le explica que nunca las va a encontrar. Por eso hace algunos días que siente quiere salir corriendo, en otras simplemente dormirse y no despertar. Su nuera, Guadalupe, también le perdió sentido a las cosas pero ella la anima a que tiene una vida por delante. En el torneo de futbol les rindieron un homenaje a Ernesto y a Diego semanas después que murieran. Le entregaron a la familia un apoyo económico y un trofeo. El trofeo está a la entrada de la casa. Magdalena cree que su esposo tenía prisa:

- Mi esposo le decía a Lupe que ya tuviera a la niña. Decía ‘ya va a venir la reina’. Una semana atrás fuimos a tirar a la carretera a un perro porque tenía garrapatas y a los cuatro días, quién sabe cómo, pero regresó el perro y mi esposo me dijo ‘por algo regresó, para que te cuide el día que me vaya de viaje’. Pero mi esposo nunca viajaba, le daba miedo. Otra vez le dije que ya nomás le faltaba casar a mi Danielito (hijo más chico) y me contestó ‘ese te toca a ti… asegúrame la vida’. Era algo extraño. Nos queríamos tanto. Yo no creo durar mucho tiempo. Me siento incompleta, me siento mocha. Me siento bien vacía. No me da hambre.

También le comentaba a su esposa que cuando se muriera, le pusiera canciones de Juan Gabriel. Pero durante el velorio Magdalena no pudo. Optó por el silencio.

Más de tres meses después, al finalizar el 2011, la muerte de Ernesto y Diego es sólo una cifra en Torreón: quizá la muerte 445 y 446 ó tal vez la 503 y 504. Al final son parte de una estadística fría, aunque para su familia no lo sean: 741 homicidios violentos documentados el año pasado, según datos de la delegación Laguna I de la Fiscalía de Coahuila, dato que representa más del doble que en 2010, cuando se registraron 362 muertes. En lo que va del año, más de 110 homicidios se han documentado en Torreón.

Son también parte de otra estadística mundial: 88 homicidios por cada 100 mil habitantes en la ciudad, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, el cual coloca a Torreón como la tercera ciudad con más homicidios en el país y una de las 10 más violentas del mundo.

Inocentes sacrificados 
Silvia Villarreal fundó hace casi 13 años el grupo de apoyo “Volver a Vivir”, donde padres de familia que habían vivido la pérdida de un hijo se reunían a sanar las heridas. Ella misma había perdido a su hijo Rafael de cáncer.

Quienes acudían eran en su mayoría padres que habían perdido al hijo por alguna enfermedad. Pero de un tiempo a la fecha empezaron a llegar madres devastadas, aguijoneadas en el alma por la pérdida de un hijo durante un hecho violento, una balacera: estudiantes que fueron a una fiesta y no regresaron; hijos que salieron a la tienda y no volvieron, niños que jugaban en la calle y no retornaron a casa.

Sergio Oviedo García, administrador de la Funeraria del DIF de Torreón, ha visto casos de albañiles, mecánicos, estudiantes, jornaleros que un día caminaron por los “puntos” -lugares donde venden la droga- y en eso, una balacera se desató, quedaron en el lugar y fueron cocidos por un proyectil.

Tac. 20 de septiembre de 2011. Yeraldine Hernández jugaba en la colonia J. Luz Torres cuando recibió un disparo en la cabeza. Tenía un año y ocho meses de edad. Tac, tac. 17 de octubre de 2011. Humberto Heredia caminaba por la calle a mediodía cuando un comando abatió a tres hombres en la colonia Magdalenas. También él murió. Tenía 10 años. Tac, tac, tac. 12 de agosto de 2011. Luis Urbina estaba con su esposa en el oriente de Torreón esperando por un taxi cuando quedaron en medio de una persecución y recibió un disparo en el abdomen. Tenía 32 años.

Sergio Oviedo García, quien también es técnico embalsamador, asegura que él vive una realidad que no relatan los medios locales: “Hay ejecutados y víctimas inocentes todos los días. Está pasando a diario. De 10 casos de ejecutados que nosotros tenemos al mes, yo calculo que cuatro son inocentes”.

- ¿Cómo se dan cuenta de eso?, le pregunto.
- Todos te dicen que son inocentes. Pero en el embalsamado, por la experiencia, te das cuenta cuando son balas perdidas, rozones o balas muy certeras. También cuando hacemos el servicio funerario llegan al último y te dicen ‘creo que sí estaba involucrado, mejor no lo velamos’.

Sin embargo, la Fiscalía de Coahuila sólo reconoce 12 “víctimas colaterales” en 2011 (de 741). El resto, incluyendo muchos de los 44 menores de edad que asesinaron en el año, estaba involucrado con alguna banda criminal, presume la Fiscalía.
El Jefe de la Policía, Adelaido Flores Díaz, afirma que él puede contar únicamente cinco “daños colaterales”: “Un niño en la colonia Eduardo Guerra, uno cerca de la Aviación, otro en el campo Zaragoza, un joven de 12 años, un taquero en la Moderna. Los otros ya tenían algo entre ellos y ese es el precio”, recalca el militar enfundado en uniforme de policía. 

Aún así -12 ó más inocentes fallecidos-, para Sergio Oviedo más que llamarlos la gente “sin rostro”, son “la gente que dejó de hacer algo”: “Es la señora que dejó de vender gorditas, el mecánico que ya no arregla coches, el niño que ya no estudia, el muchacho que ya no arregla computadoras. Son gente que hacía algo y que ya no está”, dice. 

A esos muertos el gobierno los llama “bajas colaterales”, “civiles caídos”, “víctimas inocentes”. Pero esos muertos que día a día se suman a la estadística tienen nombre: Marco Antonio Luján García es uno de la lista. Él esperaba como cada noche en la esquina a su mamá Ernestina cuando de repente se soltó un enjambre de metrallas. Se paralizó. Pum. Un taxista miró a Toño desplomarse. Lo recogió y condujo hasta la Cruz Roja. “Anímate chavo, anímate. Ahorita ves a tu mamá”, le decía el chofer. Toño, mudo. Sangrando. Vestía una playera negra de su graduación de la primaria. Tenía 13 años.
Fue el seis de septiembre de 2011. Toño quedó en medio de un “riña de pandillas” en la colonia Tierra y Libertad, un sector popular de Torreón. Nancy de 23 años, su hermana, habló a la tienda Soriana para avisar a su madre Ernestina, 48 años, los últimos 10 de ellos trabajando en el turno vespertino en el departamento de salchichonería. Su salida era después de las 11 de la noche. Cada noche Toño la esperaba en la calle a su regreso. 
Ernestina dejó el trabajo. En vez de acudir a la Cruz Roja volvió a su casa. Allí encontró a su hija Yezenia, de ocho años, la abrazó y se pusieron a rezar en medio de la oscuridad, pues tenían dos días sin luz en la casa.

Nancy le marcó de nuevo. “Dime qué pasó, dime si ya murió”, le pidió su madre. “No te muevas, voy para allá”, le contestó la hija. Cuando regresó a la casa le dio la noticia. Toño había muerto por una hemorragia interna ocasionada por una bala en el tórax.

Ernestina tuvo que ir a la morgue a reconocer a su pequeño. Lo tocó. Sintió su estómago revolverse. Frío. Y por un momento pensó que estaba vivo. Enseguida se fue a la clínica 16 del Seguro Social para darle la noticia a su mamá, quien estaba en un cuarto cuidando de una hija, hermana de Ernestina. La abuela empezó a renegar de Dios.

Avisó a su hermano Armando, tío de Toño y éste no le creyó. Lo negó. Discutió con Nancy y le exigió que fueran a buscarlo. “No, tío, ya murió, ya lo fuimos a reconocer”, le insistió.

Paralíticos del alma 
Quien cuenta la historia de Toño es la madre, Ernestina: es bajita, con un lunar a un lado de la boca –igual que su hijo-, viste short. Su luto lo expresa en sus ojos que casi no pestañean, su mirada impávida, como resignada a solo recuerdos. Llora poco porque frunce el seño como para absorber las lágrimas.
Una de sus nietas pasa entre nosotros y ni se inmuta. Sus movimientos son lentos, como de sonámbulo. A su lado cuelga un tendedero con ropa de niños.

“Ya fue con la mamá de ‘bolillo’”, me pregunta aún como dispersa. Se refiere a Osvaldo Ríos, el mejor amigo de Toño que murió el tres de agosto en otra “riña de pandillas”.
Tenía 15 años. A él las balas le destrozaron la cabeza a unas calles de donde nos encontramos. En su velorio sellaron la caja porque la familia no quiso mostrarlo desfigurado. A Elisa, otra amiga de Toño, los disparos le abollaron la rodilla aquel mismo día.

Toño se enteró cuando iba con su mamá y su abuela rumbo a los camiones piratas para tomar un autobús rumbo a Guadalajara. Su hermana Nancy les habló para darles la noticia. El niño ya no regresó, se echó a llorar y le pidió a su mamá que le llevara flores al amigo.
Toño era noble, era un niño. Flaco y espigado. Se enojaba como si ya fuera adulto y le daba rabia cuando sus hermanas –era el único hombre de cuatro- le agarraban sus pertenencias. Gustaba de ir por el gas en su triciclo y era obediente. No renegaba cuando su mamá le negaba dinero para diversión. Al contrario, a su corta edad ya ayudaba cuando podía.

Ese día, el de su muerte, hizo limpieza con su hermana Nancy toda la tarde. Cuando terminaron se echó a descansar. Ya entrada la noche, miró una foto suya con cinco caritas diferentes, dijo ‘que guapo estoy’, se metió a bañar y salió a esperar a su mamá. Regresó sólo hasta su velorio.

- ¿Tu hermano es un halcón (quienes vigilan)?, le preguntó un ministerial a su hermana Nancy antes de velarlo.
- Para nada, era un buen muchacho, le contestó.

Toño quería dejar los estudios. Ya ayudaba a repartir en una panadería. Le encargaban la ruta del oriente de la ciudad, le ponían chofer y se iba a entregar el pan a sus 13 años. No era halcón, soñaba con ser panadero. Amaba el futbol. Un día lo internaron en el Seguro Social porque se intoxicó, pero era tanta su pasión, que convenció a su mamá de dejarlo ir a jugar. Su mamá cuenta:

- Desde que nació era un aventurero. Andaba de un lado para otro. Era un niño. Era mi bebé. Me decían que lo tenía chípil. Le cortan la vida de repente. No sé hasta cuando me dure la tristeza. Le gustaban las cumbias, las norteñas. Le gustaba irse a las albercas. Era muy obediente. Un día le entraron ganas de trasquilarse figuritas en el cabello, me pidió permiso y le dije que no; ya no dijo nada. Para todo me pedía permiso.
La familia rentó dos camiones para llevar a la gente al panteón. Llegaron niños y niñas de la Federal 3, la secundaria donde estudiaba Toño. De la panadería donde trabajaba le mandaron una corona fúnebre. “Chata”, 18 años hermana de Toño, se descontroló en el entierro. La niña de ocho años, Yezenia, le decía a su mami que todo había sido su culpa. Ernestina volvió al trabajo 15 días después; en ese primer día de vuelta, Yezenia no paró de llorar. Armando, el tío, sigue enojado con su hermana y le echa la culpa de la muerte del niño. No se hablan. 

Ernestina no tiene respuestas. Su voz suave se pierde en el sofocante calor de la tarde y en las paredes de block sin enjarrar: “Dicen que le querían dar (disparar) a otro, a uno de 30 años… Quería cambiarme de colonia, de ciudad, pero donde quiera es lo mismo”. 

El duelo 
En el Hospital Universitario de Torreón (donde se encuentra el anfiteatro), caminan por los pasillos unos “ángeles verdes”. Así le llaman a las tanatólogas del hospital porque visten batas de dicho color. También, como el grupo de Silvia Villarreal, de un tiempo a la fecha familias enteras se han acercado a ellas por la muerte de un familiar en un hecho violento. 

Lo corroboro cuando acudo al hospital a platicar con ellas. Es mediodía y la tanatóloga Mary Carmen Espada atiende a una familia (padres e hijos) que sufre la pérdida de un hijo de 10 años. El niño iba a la tienda de una colonia popular cuando quedó dentro de un “fuego cruzado”. 

“Por qué le di dinero para ir a la tienda, por qué lo dejé, por qué, por qué. Es lo que preguntan, pero no hay respuesta”, me cuenta después la tanatóloga Mary Carmen. Para ella es esencial que en estos casos se viva el dolor al 100 por ciento. Que recuerden el momento, el sentimiento como padre, como hermano; cómo fue la situación, de dónde venía, qué traía puesto. Después, recordar los hechos buenos: qué le gustaba comer, qué le gustaba hacer, qué experiencias buenas vivieron.
“Sí han aumentado mucho estos casos. Muchos inocentes; familias que han perdido dos, tres hijos en situaciones como que a lo mejor venían de la escuela. Son duelos donde tienen que trabajar para saber alimentar a la familia”, explica la tanatóloga.
La tanatóloga Susana Dingler ahonda en que es necesario vivir las etapas, pues una de las más difíciles, cuenta, es identificar al cuerpo. Los que se resisten llegan al Semefo, miran el cuerpo del familiar y niegan que sea él o incluso dicen “ya levántate, no andes bromeando” o “por qué si fuiste a una fiesta estás aquí”. Preguntas que se hacen.

Los caldos de odio 
Silvia Villarreal, psicóloga de profesión, califica la pérdida de un hijo como la “cúspide de dolor”. “Lo natural es que los hijos te van a enterrar pero cuando se muere un hijo surge esa ira, esa culpa, ese enojo, ese sentimiento de quererte morir, esa desesperación desgarradora, esa envidia de ver a otros con sus hijos y tú no, esos pleitos con la vida, con Dios. Y cuando se pierde al hijo en un hecho violento, lo que veo es que tienen una sed de venganza”, comenta.

Villarreal explica que cuando se pierde a un hijo durante una balacera o en un enfrentamiento, se está enojado con el hombre, con la persona, con el ser humano; por eso ese sentimiento de represalia.

“Las personas que entran a esta vivencia dicen ‘es que a ustedes se los quitó una enfermedad, a mí un ser humano maldito’. Entonces el proceso de duelo tiene varias etapas: la negación, la ira y la culpa. La ira y la culpa se acentúan más en estos casos. Dan ganas de hacer añicos a quien te quitó a tu hijo, si uno quiere hacer añicos a Dios, claro que vamos a querer hacer añicos al infeliz que te mató a tu hijo. Es una rabia espantosa y que además no se hizo justicia”, expone.

Lo mismo observa Sergio Oviedo, de la funeraria municipal en Torreón: “Piden venganza cuando los están velando. Es la impotencia. Dónde estaba la policía, se preguntan. Una balacera de 20 minutos y no llegó nadie. No se explican y se preguntan. Es la incertidumbre”, relata.

Él cree, en base a su experiencia diaria, que éste fenómeno de los “damnificados de la guerra” puede estar incubando maleantes, hijos resentidos; puede estar cultivando un odio en la sociedad, “caldos de odio” como los llama.

María de Jesús Torres Carrillo, psicóloga y Encargada de Atención a Víctimas de la Fiscalía en Torreón, cuenta que muchas personas que llegan a consulta desean hacer justicia por su propia mano. La especialista opina que es un fenómeno alarmante que podría desencadenar en más delincuentes: “Gente aparentemente sana puede rebelarse ante el coraje y la frustración que la autoridad no hace nada. Entonces esos sentimientos de rencor mal manejados puede provocar que se vengue por su cuenta o en otros casos el suicidio”.

La tanatóloga Susana Dingler, profundiza en que éste tipo de muertes provoca enojo, incredulidad, inseguridad en la forma como murió. Una muerte inesperada, añade, genera la necesidad de encontrar culpables.
Jacinto Rivera Rodríguez, párroco de la iglesia de San Joaquín, en el poniente de Torreón, uno de los sectores más peligrosos de la región, agrega que observa mucho odio y mucha sed de matar al que mató al hijo, al hermano, al padre.

Asegura que esas historias se convierten en relaciones viciadas, en heridas muy fuertes que tardan en sanarse. Dice que existe un resentimiento que incluso se hereda de padres a hijos.

¿Cómo sanar esos odios?, se pregunta el sacerdote. Afirma que el proceso de sanación es muy largo porque el dolor es diferente. “Muchos de los niños a los que les han quitado a su padre, que lo han victimado, van a quedar resentidos por mucho tiempo y quizá lleguen a jóvenes y quieran vengarse contra quien fuera, contra la sociedad”, pronostica el cura.

No tiene para pagar un rescate? Se lo fían!

En Coahuila
YA SE FÍAN LOS SECUESTROS


Para los capitalinos coahuilenses resultaba muy común escuchar noticias sobre los violentos enfrentamientos del crimen organizado enla PerladeLa Lagunay por eso con mucho temor los saltillenses eludían viajar hacia Torreón para evitarse algún encuentro desagradable.
Esos tiempos se acabaron con la llegada de los grupos delictivos no solo en la ciudad de Saltillo, sino al resto de las entidades del país, siendo insuficiente la policía municipal por lo que tuvo que intervenir la Marina, Federales y Militares.
            Hay quienes piensan que con la llegada de los federales la gente que pertenece al crimen organizado salió huyendo de la ciudad de Saltillo, igual se cree que se está combatiendo a los grupos delictivos,  pero también existen quienes opinan diferente. 
            Lo que es un hecho es que en el supuesto caso de que los verdaderos criminales se fueron o no; han dejado una oportunidad de trabajo para los malandrines o raterillos que a nombre de la “compañía” de los grandes capos, están extorsionando a los saltillenses con llamadas telefónicas.
            Están surgiendo nuevos grupos de delincuentes “organizados” marca “patito”. Estas personas por lo general son empleados de confianza  que después de organizarse con amistades realizan auto robos, secuestros y otras fechorías montando todo un escenario de drama para hacer pasar los delitos como si fueran auténticos.
            Para quienes han tenido la cultura de la denuncia en la mayoría de los casos por no decir todos éstos han tenido como resultado que la autoridad determina que se trata de un delito donde participan los mismos empleados, debido a la inexperiencia que tienen dejando cabos sueltos y una vez sometidos a interrogatorios, los trabajadores donde se cometió el delito  les gana el nerviosismo “cantando” es decir, confesando con lujo y detalles de quienes participaron y cómo lo hicieron.
            La falta de nuevas reformas de procedimientos penales y civiles,  hacen más lento que se dicte una orden de aprensión a los culpables, provocando que éstos mismos se confían de que la ley no les hizo nada; incentivándolos a realizar otros actos ilícitos usurpando el nombre de la compañía de la última letra para atemorizar a sus víctimas para pedir dinero.
            Desde que llegaron los Federales y el Ejército Mexicano éstos criminales “patito” o también conocidos como “similares”, han proliferado, aumentando su modus operandis por medio de llamadas telefónicas, en la que participan por lo general grupos de tres o cuatro personas que se encuentran observando los movimientos desde las afueras de los negocios y domicilios para intimidar a la gente dando una descripción de todos los movimientos que se hacen al interior de éstos, narrándolo todo con la persona que establecieron comunicación; que la única función es sacar información a base del temor o de lo contrario: “sabemos donde vive y te vamos a levantar si las cosas salen mal”.
            Pero si esto no lo considera nuevo, siempre existirá el ingenio de los mexicanos que nunca perdonan la oportunidad, pues empieza a surgir un nuevo grupo criminal que secuestra amas de casas para pedirles un rescate por montos de cinco millones de pesos.
            A diferencia de otros secuestradores, éstos liberan a sus víctimas cuando no es cubierto el rescate por parte de sus esposos o familiares, dándoles crédito de dos o tres meses para que junten el dinero o caso contrario secuestraran a otro miembro de la familia, es decir, nace así la modalidad de esos remedos de la última letra, de  ” te fiamos y me pagas después, pa´que veas que somos buena onda”
            Otra particuliedad de esta banda es que son gente mala, pero bien educados, que no les gusta maltratar a las mujeres, platicadores y aparte de eso les dan una explicación con lujo y detalle de cómo fue planificado el secuestro y lo que piensan hacer a su otro familiar en caso de no juntar el rescate.
            El tiempo del secuestro depende de la rapidez con la que actúen las autoridades para ver el caso, pero si interviene los soldados ésta es liberada en uno o dos días o cuando menos eso es lo que sucedió con una ama de casa que remetió enojada en contra de su marido por no haber pagado a los secuestradores   los cinco millones de pesos, pero tampoco se acogió a la “facilidad de fiado”.
            Estos nuevos estilos de autosecuestros, no serán los primeros ni los últimos que se empezarán a dar ante la impotencia de aquellas mujeres que prefieren convertirse en un “patito”, que recurrir a un divorcio en donde saben que la cantidad por una pensión de alimentos es una baba de perico que no quieren terminar con una mano adelante y la otra atrás.
            Lo peor del caso es que las autoridades se creyeron el cuento y comprenden que la situación económica del país es dura y que ahora los nuevos delincuentes son tan compresivos que dan línea de crédito a sus víctimas y para no generar gastos en alimentos y hospedaje prefieren liberarlos para que en la comodidad de sus hogares junten el dinerito. (Guillermo Robles Ramírez  Premio Estatal de Periodismo 2011) www.intersip.org

A dos años de la tragedia

La segunda balacera que cambió a la zona del Tec de Monterrey 

 

La luna y el ambiente fresco de la noche cambió, por una noche caliente, llena de adrenalina, de miedo, de precaución. 


Esa noche del 19 de marzo del 2010, una segunda balacera, que más pareció un ataque contra el Ejército, ocurrió.

Cerca de las 1:00 horas, un grupo armado que viajaba en varias camionetas se desplazó por la avenida Eugenio Garza Sada, subió el paso a desnivel de Luis Elizondo, justo a la mitad se detuvo, bajaron varios hombres.

En sus manos, tenían granadas y armas de alto poder, en la lateral, estaban los militares revisando una camioneta blindada que habían asegurado luego de un persecución y balacera… un estruendo los hacía correr.

Era la primera granada que lanzaba el grupo armado, luego fue otra, que “rebotó” en la calle, hasta que se detuvo y estalló, al instante una lluvia de balas que parecían interminables.

La luna y el ambiente fresco de la noche cambió, por una noche caliente, llena de adrenalina, de miedo, de precaución.

Los militares intentaron repeler la agresión pero no tuvieron éxito, los agresores pudieron huir, al menos en el reporte “oficial” que dieron en el lugar de lo hechos.

Después de la balacera, la “zona Tec”, como se le bautizo en Twitter, quedó en silencio, nada se escuchaba, ni el paso de vehículos, ni murmullos, algunos minutos después a lo lejos una sirena interrumpía la tranquilidad, era una ambulancia de la Cruz Roja y seguida de otra, la Cruz Verde.

Atendieron a por lo menos dos elementos de la Sedena que habían quedado heridos por el ataque.

Llegaron integrantes de la Policía Ministerial, los elementos periciales y una unidad del Servicio Médico Forense, dos personas estaban muertas dentro del Tecnológico de Monterrey.

Dijeron que eran sicarios, que estaban armados y que habían sido abatidos, así se difundió la noticia, pero días después confirmaron que se trataba de dos estudiantes de ese campus.

De la camioneta, que tenía protección blindada para poder atacar en movimiento, bajaron armas, cartuchos, equipo táctico, radiocomunicación, y algunas otras informaciones.

Los soldados fueron amables, brindaron información, aunque luego algunos puntos fueron corregidos por las autoridades federales.

Esa noche cambio al Tec, cambió vidas y será una de las más recordadas por los regiomontanos.